En estos tiempos de crisis nada hay como tener un chivo expiatorio con cuya sangre limpiar nuestros pecados. Fuimos nuevos ricos, vivimos por encima de nuestras posibilidades, nos empeñamos en ser propietarios de una porción del planeta , aunque la compartiéramos con ese vecino hortera y molesto de abajo o esas otras nueve familias de nuevos ricos que moran sobre nosotros y poseen el mismo palmo de terreno pero por encima de nuestras cabezas, propiedad horizontal, le llaman. Tales pecados tienen que traer su correspondiente penitencia, que la cultura judeocristiana siempre recompensa con el dolor los buenos momentos vividos. Y con la penitencia, la culpa. Aquellos que gozan de una aceptable salud mental se dedicarán a mirar la pajilla ocular del vecino antes que la viga en la propia perspectiva. Si eres empresario, la culpa es de los bancos, si banquero, el desliz pertenecerá a los ciudadanos de a pie, y si eres soldadesca…el pecado fue cometido por los de siempre: los que detectan los medios de producción, los explotadores, los ricos, en definitiva, los capitalistas, Marx dixit. Unos a otros se recuerdan estos días, en las bocas ajenas y vicarias de esas tertulias radiofónicas o en esos sesudamente incultos artículos de opinión y editoriales de papel, que la culpa es de la avaricia, de la cultura del pelotazo, de la ganancia rápida. O sea, para la mayoría del unipensamiento bienpensante, todos nos hemos convertido en una suerte de incontrolados psicópatas incapaces de controlar nuestros deseos de enriquecimiento, todos fuimos infantilmente inmaduros a la hora de planificar nuestro futuro, avaricia, impulsividad, pasión consumista, arrebato capitalista, irracionalidad pura y dura.

Pero las cosas no son tan sencillas. Tomemos un ejemplo: pongamos, a título meramente parabólico, que es usted un prisionero en un campo de concentración tipo Guantánamo, en donde los que le tiranizan le dan una única comida diaria. Pero, eso sí, le permiten elegir, cada mañana, entre un frugal almuerzo o una copiosa merienda. Si usted elige todos los días el sucinto menú de mediodía acabará perdiendo peso, se debilitará y acabará desfalleciendo, pero si por el contrario elige la merienda se mantendrá en un adecuado equilibrio metabólico. ¿Cuál es la elección que nos pide nuestra razón? Obviamente merendar.. Pero el problema, para un psicólogo conductista no es lo que pide la lógica, sino lo que hace la gente. Y siento decepcionarte pero, desde los años setenta sabemos, gracias a Aimslie y Rachlin que el problema tiene poco que ver con la lógica. Estos psicólogos demostraron que, en situaciones de este tipo, la preferenchoicecia viene marcada por el tamaño de la recompensa dividido por su demora (la ecuación es un poco más compleja…pero valga esta simplificación). Aplicando dicha fórmula, su decisión sería muy diferente si tiene que tomarla a las siete de la mañana (a seis horas del desayuno y a diez de la merienda) o, por el contrario, tiene que decidirse a las 11 (a dos horas del mediodía y a seis de la merienda), tal como podemos visualizar en la imagen adjunta. Lo más curioso y sorprendente es que dichos investigadores obtuvieron tales resultados trabajando inicialmente en el laboratorio de aprendizaje con palomas. Es decir, los animalitos se comportaron siguiendo unas leyes…nada racionales. O lo que es lo mismo, la selección natural debió dar cierta ventaja a los «oportunistas» – aquellos que prefieren la recompensa a corto plazo frente a la inversión a largo plazo. Y si los animales no son racionales…imagínese al ser humano (los experimentos con niños y adultos confirmaron los resultados iniciales con palomas). Cuando elegimos seguimos unas leyes empíricas -nuestra conducta es predecible y ordenada- que no tienen mucho que ver con el razonamiento de los sistemas lógico-formales. Por eso, ante el caos financiero, lo que hay que hacer es diseñar unas reglas de juego que haga que los agentes económicos funcionen en beneficio del sistema en lugar de hundirlo. Olvídese de la ética, estética y política de buenas intenciones y, haga caso al psicólogo: valore lo que tienen que ganar los inversores y a que plazo y déjese de monsergas. Es decir: o aumenta el tamaño de la merienda o aumenta la distancia temporal con ambas metas. Pero si la decisión hay que tomarla a escasos minutos del beneficio, el más sesudo de los economistas «caerá en la tentación» del beneficio inmediato, -como hicieron las palomas, niños y estudiantes de psicología de los experimentos de Rachlin- aunque a largo plazo resulte una estrategia ruinosa.

La crisis, la sinrazón y la psicología científica
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2 pensamientos en “La crisis, la sinrazón y la psicología científica

  • 29/12/2008 a las 01:21
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    De todas formas, una «decisión racional» o «lógica» sólo puede tomarse si se dispone de toda la información -algo imposible-. La incertidumbre es un aspecto que juega un papel fundamental en todo esto. El ejemplo del experimento para los presos no tiene en cuenta que estos disponen de poca información o es sesgada. Si a mí, preso, me informas sobre las consecuencias de una u otra dieta, sobre el tiempo que estaré encarcelado, etc., tomaré un decisión «racional», lógica, y no pensaré en el beneficio inmediato.

    En el mundo real la incertidumbre deja una brecha en la que, vez pasada, es fácil decir «mal hecho», «ilógico»… A largo plazo, nadie sabe si algo será o no ruinoso.

    Un Plan Quinquenal de una economía planificada como la de la URSS, quedaba muy bonito sobre el papel, porque sobre le papel la incertidumbre queda eliminada. Todo es racional, pero es un papel, un guión, un plan, una película, ficción.

    En suma: la «racionalidad» absoluta no garantiza nada, y nos debatimos entre un mayor o menor riesgo…

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